miércoles, 5 de agosto de 2020

DIEZ LIBROS PARA LOS QUE QUIERAN OLVIDAR QUE ESTAN EN LA PLAYA😜 LIBRO NUMERO DOS: " El leopardo de las nieves" de Peter Matthiessen

Hay libros por los que mejor ni bajar a la playa. Si tienes la suerte de tener terraza con vistas, mejor te quedas en casita con un café, contemplando como el mar dinamita con sus constantes destellos un día de calma chicha como el de hoy. Lo malo es que tengas a tu alrededor gente de menos de un metro cuarenta deseosa de enumerarte todas las ventajas de la tabla de surf en comparación con la de Body. Te ves obligada por tanto a coger la crema protectora frente a los rayos uva, con la que te pringas las manos y después todos tus libros. La arena vendrá a ti, impulsada por una ley gravitacional perversa. Nuevamente, vas de peregrinación a la playa y en el último momento coges a boleo un libro de la estantería como si fuera uno de esos salvavidas de color naranja "fosforito". Ya ubicada bajo mi quitasol turquesa del Decatlón, advierto la vista aérea de la cordillera del Himalaya y la cima del Everest tomada por la Nasa y que sirve de portada a este libro. El autor hizo un viaje a la Montaña de Cristal y a la Meseta del Dolpo para encontrar a ese raro espécimen: el leopardo blanco. El felino acabó siendo lo de menos. Es evidente que no he leído este libro en un día de playa.Lo leí hace unos años y gracias a esa vieja costumbre de subrayar, me dedico en días como el de hoy a releerlo. Puedo desconcentrarme cuantas veces quiera y tras la lectura de cada lengüeta fluorescente, me permito el lujo de ser Pamela Anderson en "Los Vigilantes de la Playa". Afortunadamente las olas embisten menos que un cabestro y los niños se dedican a recostarse en las tablas y chapotear con las manos. Pero no hay que confiarse mucho. Peter Matthiessen no era cazador, ni siquiera fotógrafo. Aunque biólogo, tampoco le interesaba publicar en revistas con factor de impacto. Le seducía mas describir la belleza salvaje, el desamparo en las montañas, la desgarradora ausencia del ser querido, la indolencia aguerrida de los sherpas, la disciplina de "observador de paredes" de sus maestros taoístas, la sabiduría iluminada de Tukten, los corderos azules, el soplo gélido sobre el río Murwa, las mil maneras en que las gotas de agua y los microcristales de hielo se convertían en nubes, las estopas, los puentes adornados de estandartes, las muchachas machacando grano con majas de un metro de largo, el efecto de los alucinógenos, la descripción de cada hierba silvestre, cada ave, cada fragancia o el sabor de las lentejas en Rohagaon, también los enebros achaparrados, los picos nevados de los Kanjirobas, los campos de alforfón o la sonrisa característica de la gente en Ringmo. Naturalista, montañero, experto en aves, místico, viajero incansable,profundamente interesado en el budismo zen en busca de su Satori particular: aceptar compasivamente la muerte prematura de su esposa. No iba para ser escritor, quizás ni quisiera serlo, pero se vio obligado a ello para hacerle los honores, como se merecía, a todo cuanto le rodeaba. Su prosa es totalitaria y espontánea. Mira a su alrededor, se lo calza todo en ambas cuencas orbitarias y te lo pone delante con prudencia, sin darse importancia, como esos pasteleros que construyen el Taj Mahal sin que se les derrita ni una pizca del merengue con el que han adornado la cúpula.

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