De niña se me hacía el camino
extraordinariamente largo y apenas era capaz de vislumbrar el horizonte, siempre
estaba demasiado lejos. Con el tiempo, las caminatas no me parecían tan largas,
ni el horizonte tan distante. Hace unos años empecé a notar que, al despertar
cada mañana, aquél había avanzado un buen trecho. Perdí el interés en
alcanzarlo, pero no podía dejar de caminar aunque quisiera, y lo hacía cada vez
más deprisa. Esta mañana estaba tan cerca que me di cuenta de que lo que
siempre había creído que era una línea es, en realidad, algo difuso; una
especie de niebla espesa y opaca que no permite vislumbrar nada a su través.
Los que van delante de mí ya han penetrado en ella y han desaparecido por
completo. Ahora estoy a pocos pasos, casi rozando sus primeros jirones. Trato de
ir más despacio, pero no lo consigo. Siento mucho frío y desasosiego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario