Atea empecé el camino
y atea finalizo
Y vengo a tropezar
con esta fuente de piedra
tapizada de musgo
bautiza mi vida
de esperanza
y anhelos nuevos
Entre las frías piedras
ante el crucifijo
del seminario
donde me hospedo
Gardenias blancas
brillan en la fría
arboleda del atrio
donde las urracas tiemblan
Campanadas me llegan
como silbato agorero
con su eco quejumbroso
de larga espera
Las gaitas resuenan
entre las cruces
y las piedras viejas
con su trino celta
Sonidos que me saben
a danza de jorobado
bosques sin pasos
brujas o leyendas
Después por detrás
el abrazo al apóstol,
pedrería plateada
en su hombro,
arrugas en mis manos
de azuladas libélulas
Y sin saber como
llueven emociones
en mi pecho sin credo.
MONTSE
MONTSE

1 comentario:
Es fácil hacer una peregrinación en estos tiempos en los que el camino está protegido, para que quienes transitan por él sólo tengan como única molestia el dolor de los pies si se exceden en el andar, sin otra perturbación que los fantasmas que cada uno lleve consigo, aunque a éstos parece que el camino no les resulta demasiado atractivo y prefieren mantenerse agazapados mientras dura el viaje. También la conciencia se toma un respiro y sólo se manifiesta envuelta en sus mejores galas blancas, sin máculas que afeen la visión de sí misma. De otro modo, la experiencia no sería tan satisfactoria como se cuenta, y contradiría mi idea de que ese enfrentarse consigo mismo no es más que un mirarse a un espejo complaciente que devuelve la propia imagen mejorada para no ofender la visión de quién se contempla en él. Si de verdad esas introspecciones fueran tales, los peregrinos serían presa de la inquietud y el desasosiego.
En cierto sentido, en el camino los peregrinos encuentran lo que buscaban, a sí mismos y a otros peregrinos como ellos. Parece poco probable esperar compartir la ruta y sus albergues con esos otros peregrinos forzosos, sin destino, parias que buscan desesperadamente ese refugio que tan generosamente se ofrece a quién, realmente, no lo necesita.
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